Un, dos, tres, calabín calavera; últimos
proyectos de Ismael Iglesias (2001-2005)
La repetición no es la generalidad. Debemos distinguir, de diversas
maneras, la repetición de la generalidad. Cualquier
fórmula que implique su confusión es molesta. Su ejemplo
lo tenemos cuando decimos que dos cosas se parecen como dos gotas de agua…
La diferencia entre la repetición y la semejanza es innata, incluso
extrema.
Gilles Deleuze. “Repetición y diferencia”.
Organizar las ideas para trazar con claridad el recorrido dibujado durante
los últimos años por el trabajo de Ismael Iglesias no es
una tarea sencilla. Normalmente, siempre resulta complicado teorizar sobre
las prácticas de los otros, pero esta tentativa se hace más
compleja por las características de una obra especialmente difícil
de compartimentar en proyectos unitarios y cerrados, en celdas definidas
e independientes, y que dista mucho de ser una propuesta que concluya
en el tiempo, de la que más bien se podría decir que se
expande en el mismo. Difícil, de manera especial, por la condición
inicial de un trabajo que se sustenta en la interrelación y el
intercambio continuo entre distintos proyectos sometidos a la interferencia
premeditada, a la contaminación y el mestizaje, y que genera sucesivas
cadenas de asociaciones, provocando una sensación de dejà
vu constante en quien lo contempla. Complejas operaciones combinatorias
–plagadas de reflejos intermitentes, de parejas y dobles, de simulacros
y espejos – que se formalizan en imágenes teñidas
de confusión, probablemente la misma que se suscita en la propia
práctica del autor y que se traslada a quien ha de escribir sobre
él. Un extrañamiento que se inicia con la percepción
velada del hábil estudio y manipulación a la que el artista
somete al espectador, a la obra y al propio espacio de exposición,
de forma insistente y sistemática en sus piezas. Como condición
que siempre va a articular sus muestras.
Resulta interesante, quizá como punto de partida de este análisis,
detenerse precisamente en el origen de estas investigaciones formales,
que no es otro que el del uso restringido de una serie de elementos concretos
que serán repetidos, como falsos gemelos, en muchos proyectos.
Sobre la base de estos elementos fijos, una serie de recursos visuales
iniciales que son mínimamente “rectificados” en los
procesos de creación y exhibición, las imágenes de
Ismael Iglesias sufren una readaptación sistemática y pausada
en el tiempo y el espacio. Fragmentos inconexos y familiares al tiempo,
conjuntos dispersos pero intercambiables, identidades corporativas precarias
y minuciosas, que revelan una fascinación por el juego de las contradicciones
y los opuestos, de la apariencia, de lo real y sus límite, así
como la reflexión continua en torno a la capacidad comunicativa
de la propia práctica artística y de su objeto. Consciente
del poder ornamental de la imagen y su capacidad de persuasión,
y haciendo uso del mismo, el artista diseña un preciso catálogo
iconográfico como estrategia y vocabulario formal que le permita
articular un discurso, muchos distintos. Unidades-base desde las que desarrollar
un proyecto sustentado en las múltiples combinaciones posibles
de las fichas iniciales, y que serán las responsables de esa sensación
de dejà vu mencionada, de estar ante imágenes ya vistas
antes, que son vagamente recordadas. En una operación que se aproxima
a la creación de una idea de “marca” –en su aparición
insistente en distintos soportes, lugares y tiempos–, las obras
de Iglesias se sitúan en un territorio de nuevo intermedio –entre
lo artesanal y lo sofisticado, entre pintura e instalación, entre
real e imaginado–, dejando entrever ciertas claves con las que organizar
el caos que se muestra, así como la posibilidad de desvelar ese
pequeño artificio, ese truco de magia, que siempre parecen contener
sus piezas.
Precisamente es a partir de la reflexión y de la voluntad constante
por presentar el efecto y permitir al otro resolver dónde se encuentra
“el secreto” –mediante la inclusión de una serie
limitada de las pistas necesarias para concluir con éxito su tarea–,
desde donde se comprenden muchos de los trabajos de Ismael Iglesias. Desde
ese posible y probable reconocimiento del truco en sus paisajes ilusorios,
que son lugares trasladados desde el estudio al espacio de la exposición,
al cubo blanco, la institución y la galería. Propuestas
entre las que fluyen informaciones claves y que siempre incluyen pequeños
guiños, gestos o muecas, que hacen visibles las resonancias y ecos
entre el mundo de lo real y lo ficticio, entre lo simulado y su objeto,
poniendo al descubierto la falsa simetría a la que está
sujeta la representación. Es en esa actitud precisa que opone el
ritmo de la repetición arbitraria a cualquier lógica u orden
preconcebido, donde se hacen más fuerte los estribillos que contienen
las obras de este artista; en su resolución como circulación
contracorriente que altera la idea de objeto y pintura, permitiendo un
anárquico reemplazo de lo que tradicionalmente era entendido como
unitario y aurático. Fragmentando el espacio del cuadro, expandido
sobre el muro y los suelos, e incluso fotografiado, el artista destroza
todo lo que se nos ha dicho y se nos ha hecho creer, desvelando los artificios
y espacios sagrados sobre los que se sustenta la idea de ese objeto sobrevalorado.
Probablemente sea en muestras como las de Lost in Space (Espacio Abisal,
Bilbao, 2003) o Garage (Sala Rekalde, Bilbao, 2004) donde esta idea de
trasgresión, de trastocar y alterar el espacio desvelando el artificio
y la trampa, se lleve al extremo. A partir del contexto de un espacio
blanco y vacío se despliega una estructura que lo perturba todo;
con pintura, luces negras y las reglas básicas contenidas en cualquier
manual de dibujo y pintura que explica “cómo crear perspectiva”,
el artista construye un complejo escenario a partir del uso de los instrumentos
más básicos, de los mínimos ornamentos. Y es estas
propuestas donde el resultado efectista pone de nuevo de manifiesto la
intención del artista por desvelar el “misterio”, ese
truco de magia que nunca se muestra y permanece en secreto. Un juego basado
en la estrategia del DIY que proporciona las pistas necesarias para llegar
a ser “virtuoso”, y las instrucciones precisas de cómo
hacerlo uno mismo, sin ninguna ayuda ajena.
Quizá sea esa obsesión y fijación en los detalles
en su intención por descubrir el sistema –el de la propia
práctica artística– lo que recorre en muchas ocasiones
los paisajes ideados por Ismael Iglesias. Saturados de formas diversas,
sus superficies se detienen con frecuencia en fomentar la sospecha, en
visibilizar los procesos que permiten hacer esas “bolas perfectas”,
esos lugares encantados, sus figuras ideales o las superficies “bellas”
que conforman sus piezas. Sin embargo, una vez resuelto el enigma, el
proceso no termina, volviéndose incluso más complejo. A
través de la insistencia en las fórmulas propuestas, se
genera un nuevo decorado artificial y enmarañado del que el artista
establece nuevamente las reglas, en el que sitúa problemas, y a
partir del cual evidencia las posibles soluciones y certezas… Un
universo basado en el juego azaroso –propuesto en exposiciones como
la de Let us play (Galería ADN, Barcelona, 2004)–, en el
que cualquier asociación será una opción alcanzable
y viable. Porque, finalmente, es en la construcción de un lenguaje
en el que cada término, irremplazable, sólo puede ser repetido,
donde se detienen los proyectos del autor; en una suerte de eterno retorno
que siempre diferencia entre semejanza y equivalencias, en una práctica
que se concentra en las semejanzas que existen en lo diverso. No se tratará,
por tanto, de repetir el mismo movimiento x número de veces, sino
de elevar ese instante a su enésima potencia. Un catálogo
preciso de los Últimos Paisajes Submarinos concebidos, trastocados
y alterados, que se muestran como acertijos y enigmas “perfectos”,
como reductos desde donde replantear, una y otra vez, las dudas y las
posibles respuestas.
Beatriz Herráez.
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